
Cuando un grupo de periodistas formado por Manuel Martorell, Rafael Magaña, Alvaro Graiño y Charo rueda visitaron Halabja en 1992, la ciudad estaba gobernada por la Unión Patriótica del Kurdistán y también tenía una fuerte presencia el Partido Comunista del Kurdistán; los signos de destrucción se apreciban por todas partes; algunos barrios ya habían sido dinamitados por el Ejército iraquí antes del asalto a la ciudad; en otros se podían ver claramente los efectos del bombardeo que duró tres días y en el que se utilizaron todo tipo de bombas desde el nápalm y las incendiarias hasta las químicas, pasando por las convencionalmente destructoras y los sofisticados misiles aire-tierra.
El Gobierno iraní, entonces en guerra con Irak, difundió a todo el mundo las imágenes dantescas del bombardeo con las calles cubiertas con cadáveres de niños, mujeres, adultos y ancianos. En algunos de los cuerpos se podía ver perfectamente el polvillo blanco del gas mortal y una de las imágenes más aterradoras era la de un bebé al que un hombre adulto había intentado inútilmente proteger con su cuerpo; esa imagen se convirtió en el símbolo del genocidio lanzado contra el pueblo kurdo y la propia Halabja en la "ciudad mártir", la nueva Gernika, la Gernika de los kurdos. En agosto de 1992 muchos de los supervivientes habían vuelto a Halabja; la mayor parte habían perdido a sus seres más queridos, a familias enteras, después de haber vivido un auténtico infierno. Estos son algunos de los testimonios recogidos entonces por este grupo de periodistas:
Gafur Maaruf
La familia de Seik Gafur Maaruf, una mujer de avanzada edad, por ejemplo, quedó diezmada y según contó ella misma se había hecho cargo de los que quedaban, entre ellos, tres huérfanos de un hijo suyo y de un yerno. En esos momentos su principal problema era cómo darles de comer en una ciudad en la que no había nada.
Según su relato cuando comenzó el bombardeo muchos se escondieron en los sótanos mientras que miles de personas intentaban escapar de la ciudad corriendo por la zona de Zeidán, en dirección a las montañas con Irán. “Todos escaparon hacia Zeidán -explicaba Gafur Maaruf-, pero allí también volvieron a lanzar bobmas. Luego llegaron los iraníes y recogieron a los que estaban moribundos, a los que tenían todavía alguna fuerza para vivir; todos murieron, miles y miles. “En un trozo de tierra así –señalaba con las manos indicando el pequeño tamaño de una fosa común- hay enterradas miles y miles de personas, todos juntos, sin identificar”.
Osmán Mustafá
Osmán Mustafá, un joven con barba que estaba acompañado por una joven y otro chico, también había sobrevivido al bombardeo; eran los únicos que se habían salvado de una familia de catorce personas. “Empezó por la mañana –relataba Osmán-. Primero bombardearon con nápalm. Estábamos en un subterráneo; luego intentamos escapar pero en Zeidán nos pilló el gas. Eramos catorce; once murieron en el acto y tres quedamos heridos. Permanecimos incoscientes hasta el día siguiente, en que los pasdaranes nos trasladaron a Irán”.
Al preguntarle cómo eran las bombas, explicó que “cuando explotaban no hacían ruido” y que “antes de estallar formaban un resplandor en el aire en forma de uve invertida”. “Pensábamos que era nápalm, pero resultó ser gas. Cuando nos llevaron a Irán para curarnos estábamos como ciegos en el hospital”.
![]() |
||||||
|
|
||||||