Mujer refugiada en un centro de acogida tras haber víctima de un "crimen de honor".

Mujeres en Irak
En primera línea frente al integrismo

MANUEL MARTORELL

Desde el 21 de enero del 2001, el nombre de Fadime es un símbolo para las mujeres del Kurdistán. Aquel día, en la ciudad sueca de Upsala, esta joven kurda murió víctima de los llamados “crímenes de honor”; su propio padre la había asesinado a tiros por transgredir unas normas de comportamiento social que él y otros miembros de su familia consideraban infranqueables. El caso de Fadime resulta especialmente significativo porque esta mujer de 26 años, en el momento de su trágica muerte, llevaba meses denunciando públicamente la actitud de su familia, que se oponía de forma radical a sus relaciones con un joven sueco al que amaba. Fadime, como suele ser normal en la numerosa comunidad kurda de Suecia, se había integrado planamente, asumiéndola como suya, en la forma de vida europea y eso su padre, de ideas extremadamente conservadoras, no lo podía aceptar.


Ante el peligro real de que cumplieran sus amenazas de muerte, Fadime llevó ante los tribunales a su padre y a un hermano de 17 años; allí mismo, Fadime explicó en qué consistían los “crímenes de honor”: “La única forma que conoce mi familia para recuperar el honor mancillado es matarme”. El hermano fue condenado a prisión pero el padre, que no tardó en quedar libre, fue quien se encargó el 21 de enero de “rehabilitar el buen nombre” de la familia. Solo cinco días después, en la ciudad de Oakland (Nueva Zelanda), Dasti Ibrahim Jalil, otra joven kurda, también refugiada y de la misma edad –27 años-, se quemaba “a lo bonzo” en protesta por la insoportable presión que recibía de su entorno familiar. Dasti, antes de prenderse fuego, escribió una nota rogando a su familia que cuidara de sus hijos.

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