MANUEL MARTORELL (publicado en el diario El Mundo)
En una ocasión pregunté a un joven kurdo de la ciudad de Kalar (norte de Irak) cuál era el mayor peligro del integrismo islámico. Me respondió escuetamente: los niños. Al ver mi perplejidad, me explicó que en la humilde escuela de su barrio, donde faltaba de casi todo, los escolares tenían, sin embargo, un espléndido equipo de fútbol: botas, medias, calzones, camisetas y, por supuesto, balones; todo donado generosamente por una ong islamista. El problema es que en esta parte de Irak la escuela de Kalar no era la excepción sino la norma y que donde no había equipos de fútbol, había escuelas coránicas, mezquitas, residencias estudiantiles, ofertas de empleo y clínicas. Estando en Dahok (frontera turco iraquí) en 1995, me explicaron que para hacer un análisis de sangre había tres posibilidades: ir al mal equipado Hospital del Gobierno kurdo, pagar las altas tarifas de un centro privado o bien acudir, sin coste alguno, a la clínica de los islamistas.
Durante esos años en que la comunidad internacional dio la espalda al Kurdistán iraquí, hubo en esta región un verdadero desembarco de organizaciones humanitarias financiadas por Arabia Saudí que realizaron, con programas asistenciales, una intensa labor de zapa bajo el tejido social, del que no tardó en germinar un movimiento político integrista que hasta entonces apenas había tenido presencia en la sociedad kurda.
Lo ocurrido después es más conocido. En un lógico proceso de radicalización, este movimiento se fue escindiendo en grupos y grupúsculos que terminaron entrando en contacto, combatiendo en Afganistán, con los salafistas de Bin Laden y los talibanes. El retorno de los “afganos” a sus lugares de origen dio como fruto la fundación en el verano de 2001 de Jund al Islam (Soldados del Islam), del que surgirían más tarde Ansar al Islam (Partidarios del Islam) y Ansar al Sunna, las organizaciones de la Resistencia iraquí responsables de las matanzas en masa de civiles y de las escalofriantes escenas de decapitación de ciudadanos occidentales o iraquíes “colaboracionistas”.
Es más que significativo que estos grupos, a su vez vinculados con los que atentaron en Nueva York, Istanbul y Madrid, lograran asentarse en el valle de Hauramán, una comarca a la que la ong vasca Mugarik Gabe quiso llevar en 1993 una clínica móvil para cubrir la asistencia médica en una veintena de localidades. El Gobierno Vasco rechazó el proyecto debido a su “elevado” coste: menos de 17 millones de pesetas. Sin la ayuda occidental, ese terreno fue fácilmente ocupado por los islamistas.
Lo mismo pasó con otras iniciativas para apoyar a organizaciones políticas, ong locales o de mujeres que, en posiciones de primera línea, hacían frente a esta irrupción del integrismo, dándose la paradoja de que en España la policía dedicada al terrorismo internacional distraía efectivos persiguiendo a la asociación que las promovía mientras la células de Al Qaeda se asentaban tranquilamente por la Península.
Resulta obvio que, además de las medidas policiales, al integrismo radical hay que combatirlo en su propio terreno, desarrollando la embrionaria sociedad civil que allí existe y que es la única vacuna válida contra una lacra que ya ha costado miles de víctimas. Pero, para ello, hay que intervenir con programas de cooperación y en defensa de los derechos humanos. El presidente afgano sabe perfectamente de qué habla cuando en la Conferencia por la Democracia y la Seguridad de Madrid le decía a Zapatero que la mejor forma de combatir el integrismo en Oriente Medio es potenciar los derechos de la mujer.
Lamentablemente, el abandono a su suerte de las fuerzas progresistas continúa en Irak, porque ni se interviene ni se piensa intervenir, ni militar ni humanitariamente. Me consta que varias propuestas en este sentido pasan de despacho en despacho, tanto con esta Administración socialista como con otras autonómicas, para tener como última respuesta el silencio.
Se ha querido romper el silencio con grandilocuentes declaraciones, como las de la Conferencia contra el Terrorismo Internacional celebrada en Madrid, la del Congreso de los Diputados con motivo del aniversario del 11-M y la realizada tras la cumbre del G-5 en Granada, pero estas declaraciones no inquietan al terrorismo islamista. En Europa se podrá controlar su actividad, pero su existencia solamente se verá amenazada si en los pueblos y ciudades de Oriente Medio se multiplican los centros culturales para la mujer, las empresas que dan empleo a los jóvenes y en las escuelas no faltan ni los balones, ni los pupitres ni los ordenadores.
Cuando en 1946, con 13 años, Jalal Talabani ingresó en una organización clandestina de estudiantes, este niño nacido en Kelkán –junto al lago Dokán-, iniciaba, sin saberlo, una larga trayectoria política que le llevaría a buscar, durante toda su vida, una salida al problema kurdo por los intrincados laberintos de Oriente Medio. Con 73 años a sus espaldas, a Talabani la ha tocado protagonizar los principales acontecimientos que han afectado a su pueblo en las últimas seis décadas y le ha obligado, en situaciones críticas, a tomar decisiones trascendentales muchas veces no comprendidas. Eso es lo que ha convertido a Talabani, no solo en el decano de los dirigentes kurdos, sino en un verdadero estratega de la política, una suerte de Maquiavelo en cuyo tablero de ajedrez participan, aparte de la grandes potencias, regímenes tan diversos como los de Irak, Irán, Siria y Turquía.
De todas sus decisiones, tal vez la que más le costó tomar fue la de apoyar, después de haberse opuesto a la misma, la operación angloamericana para derribar a Sadam Husein. Sobre esta decisión y durante una entrevista concedida a EL MUNDO el pasado mes de octubre, se preguntaba si la izquierda española no habría aceptado la ayuda de los aliados para derribar la dictadura franquista, como realmente ocurrió cuando el Partido Comunista de España organizó el maquis al finalizar la II Guerra Mundial.
No ha sido esta, sin embargo, la única postura polémica de quien, con 18 años, ya formaba parte del Comité Central del Partido Democrático del Kurdistán (PDK), cuya rama iraquí se había desgajado de la matriz iraní, que aglutinaba a los kurdos de todos los países de la zona. Perteneciente a un generación de dirigentes surgidos a finales de los años 50 de las universidades iraquíes –él concretamente de la Facultad de Derecho- y claramente influenciados por el pensamiento marxista, se sumó en 1961 a la “revolución kurda” de Mustafá Barzani contra el gobierno del general Abdulkarim Kasem, aportando su experiencia militar –habia estado al mando de unidades blindadas en el Ejército iraquí- dirigiendo el Ejército Rizgari (Liberación) en los frentes de Kirkuk y Suleimaniya.
Sin embargo, su colaboración con el legendario “general” Barzani solamente duró hasta 1964, año en que, junto a Ibrahim Ahmed, Alí Askari y otros dirigentes “de izquierda”, abandonó el principar partido kurdo de Irak acusando a Barzani de dirigir al PDK utilizando métodos tribales. Tras confiar durante un tiempo en las espectativas y promesas del presidente Aref, que había llegado al poder con el apoyo del Baas, Talabani inició a finales de los años 60 un política de acercamiento al ascendente socialismo árabe. En estos momentos, para Talabani la solución del problema kurdo pasaba por una gran alianza entre el nacionalismo kurdo, los movimientos de liberación árabes y los partidos de izquierda, lo que le llevó, concretamente, a mantener estrechas relaciones con el Frente Popular para la Liberación de Palestina (FPLP), del comunista George Habache, de cuya dirección llegó a formar parte. De hecho, a comienzos de los años 70 propuso la formación de un “agrupamiento nacional iraquí”, en el estaban integrados el llamado Movimiento Socialista Arabe, el Partido Comunista, varios grupos naseristas y la tendencia pro-siria del gobernante Baas.
“Mam Jalal” –el Tío Jalal-, como familiarmente se conoce a este ya carismático político de aspecto bonachón, trato agradable y gran sentido del humor, ya no abandonó esta línea progresista, de la que surgió el partido lidera desde su fundación: la Unión Patriótica del Kurdistán (UPK), una organización integrada en la Internacional Socialista, que defiende el derecho de autodeterminación y en cuya bandera verde figura en el centro el puño y la rosa del socialismo.
En realidad, la UPK, que en las últimas elecciones consiguió por primera vez en su historia más votos que su contrincante -el PDK-, surgió de tres organizaciones de izquierda: la Línea General del propio Talabani, el Movimiento Socialista del Kurdistán, dirigido por Ali Askari, y el grupo maoísta Komala (Sociedad). Al frente de la UPK, las posiciones de Talabani han conseguido implantarse en los núcleos urganos, entre los intelectuales y las capas sociales más desfavorecidas.
Entre sus momentos más duros figura la guerra civil
entre 1994 y 1997 con el PDK, con quien, finalmente, Talabani ha decidido
repartirse las funciones políticas. El PDK de Barzani se encarga
del Gobierno kurdo de Arbil y la UPK asume la responsabilidad y representación
del pueblo kurdo en el Gobierno de Bagdad. Esta es la razón por la
que es Talabani y no Barzani quien ha asumido la Presidencia de Irak, el
máximo cargo institucional conseguido por una personalidad kurda,
verdadero símbolo del nuevo papel que le ha tocado jugar al pueblo
kurdo en la actual reordenación política de Oriente Medio.
La amplia coalición liderada por la Unión Patriótica del Kurdistán (UPK) y el Partido Democrático del Kurdistán (PDK) ha conseguido, además, otros dos importantes objetivos: certificar el amplio respaldo popular con el que cuentan entre la población kurda, que participó masivamente en las elecciones, y demostrar que en la ciudad petrolífera de Kirkuk no solamente tienen el respaldo de su comunidad, mayoritaria en la ciudad, sino que también han recibido apoyos de árabes y turcómanos, superando con creces el 60 por ciento de las papeletas emitidas.
Conscientes de su posición de fuerza, el PDK y la UPK, con el apoyo de una veintena de pequeñas organizaciones políticas, proponen que el futuro presidente de Irak sea, por primera vez en la historia, kurdo y que la Presidencia recaiga en la figura de Jalal Talabani, líder de la UPK. Por su parte, la alianza chií -140 escaños-, que no cuenta con los parlamentarios suficientes -dos tercios- para imponerse a los demás para aprobar la nueva Constitución y necesitaría del apoyo kurdo, nombraría el primer ministro y la Presidencia del Parlamento recaería en una personalidad suní.
Jalal Talabani, que lleva más de 40 años luchando por los derechos de su pueblo, reúne una serie de ventajas que le colocan en mejor posición que otros políticos a la hora de ocupar la Presidencia. En primer lugar garantiza la estabilidad de las regiones kurdas y puede neutralizar el ascendente movimiento independentista reclamando un autogobierno que no vaya más allá del federalismo. Para evitar que se repita el enfrentamiento civil con su principal contrincante, el PDK, ambos partidos se han repartido las funciones en la política kurda. El de Talabani se encarga de los asuntos de carácter estatal y el de Masud Barzani, del Gobierno autónomo de Arbil, pese a que el pasado domingo el primero superó en varios miles de votos al segundo en los consejos provinciales.
En segundo lugar, Talabani mantiene una excelentes relaciones, desde hace años, con la familia Al Hakim, que dirige el Consejo Supremo de la Revolución Islámica, la principal partido religioso entre la población chií. Además y debido a sus posiciones laicas y progresistas -la UPK pertenece a la Internacional Socialista- mantiene lazos estables con varios gobiernos occidentales y puede aglutinar igualmente el apoyo de otros sectores no religiosos cuya fuerza no hay que despreciar.
Sin embargo, en caso de asumir la Presidencia, el principal reto de Talabani será tender puentes hacia los sectores de población que, como los árabes suníes, han boicoteado las elecciones. En este sentido, el propio Talabani se precia de haber mediado, incluso, con los grupos insurgentes más radicales. De hecho, ya intentó evitar la operación de castigo norteamericana contra Faluya a petición de una comisión enviada desde esa ciudad del Triángulo Suní. Entonces no logró una salida pacífica a la crisis; ahora, no tendría más remedio que lograrlo si no quiere que fracase todo el proceso de transición.
Una de las peculiariadades más notables de la crisis iraquí, al menos vista desde los países occidentales, es la parcialidad y simplificación con que nos han llegado las informaciones sobre los acontecimientos que allí se desarrollaban.En resumidas cuentas, mientras la Resistencia, que se oponía a las elecciones del 30 de enero y que representa una parte minoritaria de Irak -a la minoría suní y no a toda-, se ha llevado el protagonismo absoluto de titulares y reportajes, amplios sectores de la sociedad iraquí, claramente mayoritarios -los kurdos y los chiíes que no seguían a Muqtada al Sader-, que daban su apoyo al proceso electoral, han permanecido prácticamente ocultos ante la opinión pública.
Buena prueba de esta deformación informativa es que muchas personas han estado convencidas, incluso hasta el mismo día de la celebración de las elecciones, de que estas no se podían celebrar, debido al clima "generalizado" de violencia.
Sin embargo, desde hace muchos meses, se tenía constancia de que tanto en la zona bajo control kurdo -buena parte del norte del país, a excepción de Kirkuk- como en la inmensa mayoría del sur chií -salvo los episodios insurreccionales del Ejército del Mahdi en Nayaf y Kufa- las elecciones se iban a celebrar con relativa normalidad.
El destacado protagonismo informativo dado a los grupos integristas radicales como la Unificación de Zarkawi, Ansar al Islam y Ansar al Suna y los partidarios del antiguo régimen, no ha dejado ver que, incluso en el llamado Triángulo Suní, había segmentos de población que, pese a correr grave riesgo sus vidas, se habían comprometido con el proceso electoral, tal y como lo demuestra la significativa representación de influyentes jefes tribales en la lista que lideraba el presidente interino Al Yawar.
Esta es la razón por la que hasta en la zona árabe suní, donde todo el mundo esperaba un boicot total, las principales encuestas publicadas indicaran un significativo porcentaje de participación. Sorprendentemente, estas encuestas revelaban la existencia de una corriente electoral no religiosa entre los chiíes y una representación kurda menor a la que se daba por segura.En el primer caso, se trata del apoyo conseguido por la Unión del Pueblo, impulsada por el Partido Comunista de Irak, el más antiguo del país. Algunos sondeos llegaban a darle porcentajes cercanos al 20 por ciento, lo cual, aunque no se corresponda con la realidad, no dejaba de representar el resurgimiento de un Partido Comunista que siempre ha tenido una presencia destacada en la política de Irak, incluso en los periodos más tenebrosos de la dictadura baasista.
Los comunistas cuentan con una nada despreciable ventaja sobre el resto de las opciones nacionales y laicas: jugaron un papel indiscutible en la lucha contra Sadam Husein, se opusieron después a la invasión norteamericana pero, una vez que esta se llevó a cabo, no se sumaron a la postura de "cuanto peor mejor" de la Resistencia, sino que optaron por una transición a la democracia realizando propuestas en positivo.
Esta postura les granjeó ser tildados de colaboracionistas, incluso entre sus camaradas del Partido Comunista de España -tal y como se apreció en las dos últimas fiestas del PCE en Madrid-, y colocados, en tanto que "traidores" y "vendidos al imperialismo", al lado de los principales partidos chiíes, kurdos, cristianos, turcómanos y de los suníes del presidente Al Yawar o del ex ministro de Exteriores Pachachi. Es decir, al lado de la inmensa mayoría de los partidos de Irak, que jamás acaparaban ningún titular en los medios de comunicación.Esta peculiar actitud podría llevar, finalmente, a la lista del ortodoxo Partido Comunista a tener mayor representación, por ejemplo, que la liderada por el primer ministro Alawi o a la centrista y liberal del estadista Adnan Pachachi.
Por razones totalmente distintas a las expuestas, todo indicaba que un sector significativo de la juventud kurda daría la espalda a los partidos mayoritarios en las elecciones al Parlamento de Arbil no ocudiendo a votar en las "autonómicas" pero sí en las estatales. Con esta posición se protesta por la negativa del PDK y la UPK a celebrar el referéndum de autodeterminación y, por el contrario, se les respaldaba para que el pueblo kurdo cuente con una poderosa y fuerte presencia frente al Gobierno central.
Sean los resultados definitivos los que sean, estas elecciones, siendo imperfectas, conseguirán mostrar a la opinión pública una realidad hasta ahora oculta: la escasa incidencia de lo que en Europa se llama Resistencia y la fuerza de quienes quieren encontrar una salida digna y positiva a la crisis de Irak.
Alkawt Abdula, portavoz de la Plataforma para el Referendum
de Autodeterminación, niega, en unas declaraciones al diario EL MUNDO,
que esta iniciativa para que el pueblo kurdo decida su futuro introduzca
un nuevo foco de tensión en la ya grave crisis de Irak. En su opinión,
se ha pedido en muchas ocasiones tanto al Gobierno provisional de Bagdad
como a las fuerzas de coalición que “escuchen al pueblo kurdo
antes de las elecciones. “Se lo voy a explicar de una forma sencilla,
al estilo kurdo”, dice Alkawt: “Si se decide el matrimonio de
una pareja, antes de la boda ambos deben dar su consentimiento”.
Fue al no recibir respuesta a sus demandas, cuando se puso en marcha una
campaña de recogidas de firmas cuyo éxito sorprendió
a sus propios impulsores. Al principio, tuvo la oposición de los
partidos mayoritarios -PDK y UPK-, que defienden la permanencia del Kurdistán
dentro de Irak bajo un régimen federal; sin embargo, el rápido
y fuerte respaldo popular que cosechó la iniciativa les hizo cambiar
de actitud. A partir de entonces, no solamente toleraron las actividades
de la Plataforma por el Referéndum sino que la están utilizando
como arma de presión en sus negociaciones con el Gobierno central,
ya que el fracaso de la solución federal dejaría el campo
libre a quienes defienden, sin disimulo, la creación de un Estado
kurdo independiente.
El resultado de la recogida de firmas, según explica Alkawt Abdula,
es el siguiente: 1.750.000 en las zonas de Irak bajo control efectivo de
los partidos kurdos y 250.000 entre los exiliados que viven en Europa, Estados
Unidos, Canadá y Australia. A ellas habría que añadir
las que, en opinión de Alkawt, se podrían recoger potencialemente
en otras zonas de Irak donde hay importantes comunidades kurdas, como Bagdad,
Diwaniya o Nasiriya. El asegura que no bajarían de las 300.000. En
total, dos millones y medio; es decir, la mitad de la población kurda
de Irak.
El movimiento por el referéndum demostró su capacidad de convocatoria
durante las manifestaciones que se celebraron el pasado 2 de octubre en
las ciudades más importantes: Suleimaniya, Arbil, Dahok y Kirkuk.
Solamente en la primera de ellas, cerca de 100.000 personas, fundamentalmente
jóvenes, se concentraron frente a las oficinas del Gobierno regional,
en la avenida de Selim. En las pancartas y consignas coreadas se reclamaba
la consulta popular, pero también se pedía la reintegración
al territorio kurdo de las zonas que fueron desgajadas de la autonomía
reconocida por el Gobierno central el año 1974.
Entre ellas, se encuentran la comarca cerealística de Sinyar -entre
Mosul y la frontera siria-, las fértiles llanuras de Mahmur -entre
las ciudades de Mosul y Arbil-, la zona petrolífera de Kirkuk y la
región de Kanaquín, principal ruta comercial con la vecina
República Islámica de Irán y uno de los lugares donde
se extrae gas en Irak. Una de las pancartas de la manifestación reflejaba
la importancia que para la población tiene la recuperación
de estos territorios, especialmente la ciudad de Kirkuk: “Sin Kirkuk
y Kanaquín, cualquier otro derecho es papel mojado”. Igualmente,
como explicaba antes de la manifestación Balman Jalal, portavoz de
una de las numerosas asociaciones estudiantiles que apoyan el movimiento,
exigían a los dos partidos mayoritarios que pusieran fin a sus diferencias
y unificaran sus respectivas administraciones, separadas desde que una guerra
civil enfrentó al PDK y a la UPK entre 1994 y 1997.
Jalal Talabani, líder de la UPK y uno de los políticos con
mayor peso entre la población kurda, rechaza que el movimiento por
el referéndum sea independentista. “La gente no pide la independencia,
pide el derecho de autodeterminación, un derecho que figura en el
emblema de nuestro partido”, decía en una entrevista al diario
EL MUNDO. “Yo mismo he defendido ante el Consejo de Gobierno el derecho
a la autodeterminación del pueblo kurdo. Les expliqué detalladamente
cómo, históricamente, se le impuso al Kurdistán su
integración a Irak. Pero la autodeterminación puede significar
autonomía, federalismo o independencia, y el Parlamento kurdo ha
decidido que la autodeterminación se aplique a través de la
fórmula federal”.
Talabani también explicaba que, aunque su partido no apoyara abiertamente
el movimiento, sí lo hacían destacadas personalidades vinculadas
a la UPK, como el poeta Sherco Bekas o el propio Alkawt Abdula, que fue
asesor cultural de Barham Saleh, mano derecha de Talabani.
Omar, un joven recientemente licenciado que resultó gravemente herido
hace un año en Kirkuk durante los enfrentamientos entre kurdos, turcómanos
y árabes, advierte, sin embargo, que las nuevas generaciones han
crecido considerando al resto de Irak como responsable directo, o, en el
mejor de los casos, cómplice, del genocidio que asoló las
provincias de mayoría kurda durante los años 80.
De hecho, entre la gente de a pie está muy asentada la animadversión
genérica hacia los árabes, incluso no está bien vista
la gran afluencia de turistas los fines de semana procedentes de Mosul,
Baquba o Bagdad y, en la práctica, se muestra una gran indiferencia
ante hechos tan graves como los ocurridos en Faluya o Nayaf. La destrucción
de pueblos, los bombardeos químicos como el de Halabja, los asesinatos
en masa y las fosas comunes con decenas de miles de kurdos que no dejan
de aparecer han alimentado un sentimiento popular de no pertenencia a un
país que ha buscado su exterminio.
Cuando, tomando un té en una calle de Dahok, le pregunté a
un joven si estaba o no de acuerdo con la permanencia de tropas extranjeras
en Irak y la retirada de las españolas, contestó con una frase
que suscribirían la mayor parte de los kurdos iraquíes: “No
quiero ni Ejército americano, ni español, ni iraquí;
yo solo deseo que aquí esté el Ejército kurdo, nuestro
Ejército”.
La tendencia federalista, liderada por los partidos tradicionales, que se
presenta coaligada a las elecciones y que es totalmente contraria a la independencia
por considerarla inviable, el próximo domingo tendrá en frente,
por primera vez, una candidatura que reclama el respeto con todas las consecuencias
al derecho de autodeterminación, aunque el resultado sea la secesión
del Kurdistán.
El respaldo popular que esta última postura puede tener es toda una
incógnita debido a lo extendido que se encuentra este sentimiento
de no formar parte de Irak. Un miembro del Centro Cultural Avesta respondía
así al preguntarle sobre el apoyo que podría tener la opción
independentista: “La calle es libre; pregunta en cualquier ámbito
social, a los comerciantes, a los conductores, incluso a los que convalencen
en el hospital. Te contestarán: quiero un Estado kurdo, quiero la
independencia del Kurdistán”.
(artículo publicado Manuel Martorell en el diario Gara respondiendo al tratamiento informativo dado por este periódico vasco a la crisis de Irak)
¿Cuántas veces se ha extendido por “todo Irak”
la revuelta chií? De hacer caso a los titulares de la prensa aparecidos
entre marzo y septiembre de este año, este hecho habría ocurrido
decenas de veces pese a ser, matemáticamente, imposible; por una
simple razón: los chiíes viven, predominantemente, solo en
la mitad sur de Irak.
No es la primera ni la única vez que en la guerra de Irak los medios
de comunicación han tomado la parte por el todo, como ocurre en la
figura literaria de la sinécdoque. Ciñendonos específicamente
a la revuelta chií impulsada durante estos últimos meses por
Muqtada al Sader, se puede observar cómo la mayor parte de los periódicos,
radios, televisiones y hasta analistas “especializados” la interpretaban
como una insurrección general de esa comunidad que supone casi el
60 por ciento de toda la población iraquí y que domina, entre
otras grandes ciudades, Basora, la segunda urbe de Irak. Sin embargo, la
realidad era que, pese al grado de virulencia que llegó a tomar,
se trataba de un movimiento minoritario y, salvo en el barrio bagdadí
de Al Sader y en la ciudad de Kufa, poco podía hacer frente a la
poderosa influencia social de la Hawza dirigida por Alí Sistani y
del Consejo Supremo de la Revolución Islámica, ambos comprometidos,
aunque en diferente grado, con el actual proceso político de transición.
Los brotes insurreccionales del Ejército del Mahdi en Kut, Nasiriya,
Kerbala, Amara y la propia Basora quedaron neutralizados por las poderosas
Brigadas al Bader -rebautizadas como Organización Al Bader- del Consejo
Supremo, y ni siquiera cuando sus milicianos ocuparon los lugares santos
del chiísmo en Nayaf contaron con el apoyo mayoritario de sus habitantes.
El hecho es que hoy Muqtada al Sader se ha visto obligado a abandonar las
armas, se ha integrado en el proceso de transición, el Consejo Supremo
ha consolidado su control en casi todas las ciudades chiíes y el
ayatolá Alí Sistani llama abiertamente a la participación
en las elecciones de enero.
Algo parecido ocurre con la revuelta suní. En este mismo diario se
ha llegado a afirmar recientemente que “la mitad norte” de Irak
estaba “en plena insurgencia”, como si el Kurdistán no
existiera, como si este país no ocupara las tres cuartas partes de
esa “mitad norte”, hablando en términos de territorio
útil y habitado -hay que excluir la amplia extensión que tiene
en esta zona el desierto sirio-. Toda esta parte de Irak -el Kurdistán
iraquí- ha permanecido desde la caída de Sadam Husein en una
situación de tranquilidad y seguridad -salvo esporádicos atentados-
que le está permitiendo, por primera vez en su historia, sentar la
bases de un verdadero Estado “de facto” y sus organizaciones
político-militares colaboran estrechamente con el Gobierno de Transición
para crear un sistema federal.
El pasado 20 de noviembre, también en este diario, se insinuaba que
la ciudad de Mosul, la segunda de Irak y dividida en dos por el río
Tigris, estaba bajo control de la Resistencia, cuando la insurgencia solamente
se movía con facilidad en algunas zonas de la ribera oeste, ya que
la parte este está habitada por kurdos y defendida por cerca de 3.000
“peshmergas”, algunos de los cuales llevan 30 años luchando
por los derechos nacionales del pueblo kurdo pese a que ahora se les quiera
colocar frívolamente la etiqueta de “paramilitares”,
como si de matones a sueldo se tratara. La propia Mosul, en la que la mayoría
árabe convive desde hace siglos con kurdos, cristianos, turcómanos
y yezidis, en realidad es una isla en el centro de un territorio habitado
por estas últimas comunidades, todas ellas acusadas de “colaboracionismo”
por la llamada Resistencia.
Ni siquiera dentro del Triángulo Suní, donde obviamente nadie
duda del amplio apoyo que tienen los insurgentes, no todos están
de acuerdo en continuar la espiral de la violencia. Dejando a un lado los
posicionamientos de los clanes tribales de Samarra, Hawiya y, parcialmente,
de Faluya y Ramadi, el Partido Islámico de Irak, la organización
más estructurada entre los árabes suníes, ha formado
parte del Gobierno hasta la operación contra Faluya y, pese a sus
amenazas de boicot iniciales, está dispuesto a participar en las
elecciones.
Desde fuera se pueden realizar las interpretaciones que se desee sobre la
crisis de Irak, pero resulta extremadamente peligroso tomar la parte por
el todo. La sinécdoque funciona bien en el desarrollo de la imaginación
y la creatividad literaria pero no sirve para comprender una sociedad tan
compleja como la iraquí. Tanto en Irak, como también en Irán,
Turquía y Siria, hay que tener en cuenta todos los factores si no
se quiere tener una imagen distorsionada de la realidad. Los pueblos, nos
guste o no, tienen su propia dinámica, y pretender que actúen
de acuerdo con nuestros intereses ideológicos es, en el fondo y además
de un grave error analítico, otra forma más de colonialismo.
Como era de esperar, la nueva situación política de Irak y en especial el protagonismo que están teniendo los partidos kurdos en el proceso de transición ha provocado un efecto de simpatía en el resto de los países que desde la Primera Guerra Mundial se reparten el Kurdistán. Como siempre ha ocurrido, los avances conseguidos en una parte del Kurdistán o algunos hechos especialmente dolorosos o significativos -el bombardeo químico de Halabja, la detención de Abdulá Ocalán- han repercutido en el resto de este país, provocando manifestaciones a lo largo y ancho de la geografía kurda.
Pero lo que más ha sorprendido de los acontecimientos que están ocurriendo en las regiones kurdas de Irán y Siria es la nítida muestra del alto grado de conciencia política existente entre los kurdos de estos dos Estados. Durante muchos años, lamentablemente debido a la manipulación de informaciones suministradas por algunos partidos kurdos, muchas personas vinculadas a la causa kurda han llegado a pensar que en el Kurdistán iraní no existía resistencia ni conciencia nacional. Este hecho quedó palmariamente desmentido cuando las manifestaciones contra la detención de Abudlá Ocalán ensangrentaron las calles y ciudades del Kurdistán iraní, pero, entonces, se afirmó que esas manifestaciones habían sido convocadas por el PKK.
Tanto entonces como ahora, cientos de miles de kurdos iraníes han demostrado que tienen uno de los niveles de conciencia política más altos de todo el Kurdistán ya que el desencadenante de las manifestaciones ha sido la solidaridad con sus hermanos kurdos de Turquía e Irán, aunque, de forma inmediata, los kurdos iraníes han vuelto sus consignas contra la República Islámica.
Pero en los actos celebrados ahora para festejar que los kurdos de Irak han conseguido, por fin, un sistema federal, hay un hecho que destaca sobre los demás. Se trata de la concentración de Mahabad que ha tenido lugar en la plaza de los Cuatro Faroles, donde Qazi Muhamad, ayudado por los peshmergas de Mustafá Barzani, proclamó la República Democrática del Kurdistán.
La sola referencia a ese acontecimiento puede suponer en Irán la cárcel y, sin embargo, la multitud no solamente lo ha hecho a cara descubierta sino que, a continuación, se ha dirigido al cementerio para honrar al presidente Qazi Muhamad y a los otros dos dirigentes de la República de Mahabad, condenados a muerte y ahorcados en público para escarmiento general cuando el Ejército aplastó, con la colaboración de británicos y norteamericanos el primer Estado independiente kurdo.
Lo mismo se prodría decir de los acontecimientos de Siria. En Siria no hay montañas y la población kurda vive en ciudades rodeadas de campos de trigo y llanuras semidesérticas; la resistencia armada no es posible como ocurre en las altas montañas de Turquía, Irak e Irán. Daba, pues la impresión, de que en Siria tampoco había una alta conciencia nacional kurda. Algunos hechos, sin embargo, indicaban lo contrario: era de público conocimiento, por ejemplo, que buena parte de los guerrilleros del PKK eran originarios de esta parte del Kurdistán.
Como en Irán, el desencadenante de las manifestaciones contra el régimen baasista de Bachir al Asad ha sido la solidaridad con sus hermanos iraquíes, ya que los tumultos estallaron cuando los seguidores de un equipo de fútbol árabe comenzaron a gritar consignas a favor de Sadam Husein y en contra de Masud Barzani y Jalal Talabani.
Lo que ha ocurrido después no tiene precedentes en Siria: la mítica e introcable figura de Hafez al Asad, que llevó al Baas al Gobierno de Damasco, ha sido quemada, vilipendiada y destruida con saña por los manifestantes, que han mostrado una energía y valor poco conocidos en Siria.
No cabe duda alguna de que todo esto está siendo visto por los kurdos de Turquía con una gran simpatía -ya ha habido muestras de solidaridad al otro lado de la frontera- y que, en definitiva, pone en evidencia lo que en algunos medios poco documentados se niega: el pueblo kurdo tiene una alto nivel de conciencia nacional que sale a flote cuando las duras circunstancias de opresión bajo las que vive lo permiten.
Una de las muestras de esta conciencia nacional es la celebración cada 21 de marzo del Newruz (el Día Nuevo), la fiesta nacional del pueblo kurdo. Tampoco cabe ninguna duda que este Newruz va estar marcado, en todo el Kurdistán, por estos acontecimientos y que, con seguridad, el de este año será una de las jornadas más memorables en la historia del pueblo kurdo.
MANUEL MARTORELL (publicado en Elconfidencial.com, 12 de febrero de 2004)
Justo cuando Irán celebra el 25 aniversario de la Revolución Islámica de 1979, sobre la antigua Persia se ciernen los más sombríos presagios, sobre todo si se mantiene la convocatoria de elecciones legislativas del 20 de febrero sin que puedan presentarse las candidaturas partidarias del actual presidente Jatami, excluidas de estos comicios por el todopoderoso Consejo de Vigilancia.
Un hecho que indica el calado de la actual crisis política iraní es que, según un sondeo elaborado por el Ministerio del Interior y aunque pudieran presentarse los candidatos reformistas vetados, apenas un 11 por ciento de los electores tiene intención de acudir a las urnas
Se repetiría, por lo tanto, el voto de castigo que ya recibió el actual Gobierno en las elecciones municipales de hace un año por su incapacidad de imponerse a los órganos no electos de la República, que se oponen a la apertura del régimen. Entonces, el 28 de febrero de 2003, el electorado que en 1997 llevó a Jatami y a su proyecto de “democracia islámica” a la Presidencia con un aplastante 70 por ciento de los votos, le dio la espalda, permitiendo con su abstención que los conservadores desalojaran a los reformistas de la práctica totalidad de los municipios iraníes.
Ahora le toca el turno al Parlamento que, en el caso de que finalmente se lleven a cabo estas elecciones legislativas, volverá a quedar bajo control de los sectores más duros e intransigentes del régimen sin apenas obtener respaldo popular. Todo indica que tal situación supondrá la ruptura definitiva entre la población y las instituciones de la República, que quedarán deslegitimadas y colocarán a Irán de nuevo ante un callejón sin salida.
Ni siquiera los partidos que apoyan al presidente Jatami están ya en condiciones de salvar este abismo abierto entre el pueblo y sus gobernantes. Durante estos siete años de fracasos en su pugna con los órganos no electos, como el Consejo de Vigilancia o la propia figura del Guía de la Revolución, los abandonos en las filas reformistas no han dejado de sucederse.
Entre las “deserciones” más significativas se encuentra la principal organización universitaria -la Oficina por la Consolidación de la Unidad- que se ha pasado a la oposición rupturista con el nombre de Movimiento Democrático; también se ha convencido de la imposibilidad de la evolución interna del régimen Abas Abdi, “cerebro” de la ocupación de la Embajada de EEUU en 1979 y miembro del Comité Central del partido del presidente; el mismo camino han seguido el prestigioso ex diputado Kacem Shaleh, Heshamatolá Tabarzadi -promotor de la denominada Tercera Vía-, el influyente ayatolá de Isfahán, Jalaledín Taheri, y hasta Husein Jomeini, nieto del fundador de la República.
Es más que significativo que, pese solicitar explícitamente el apoyo de la opinión pública, los diputados reformistas se hayan quedado prácticamente solos en su protesta contra el veto impuesto a sus candidaturas por el mencionado Consejo de Vigilancia. El aislamiento de los reformista resulta aún más elocuente si se compara con las masivas manifestaciones que colapsaron la capital y otras importantes ciudades iraníes en apoyo de los estudiantes de la Universidad de Teherán el pasado mes de junio.
Roto el último vínculo con el régimen, a la población solamente le va a quedar la calle para plantear unas exigencias democráticas que los reformista no han sabido conseguir pese a su control absoluto del Parlamento y del Gobierno. Como ocurrió en los últimos días de la monarquía, los estudiantes y también las mujeres se disponen a jugar un papel destacado en el movimiento para poner fin a la actual dictadura teológica. Algunas informaciones de la oposición, incluso, aseguran que sectores universitarios ya se están ejercitando en tácticas de guerrilla urbana semejantes a las utilizadas hace 25 años para derribar al sha Reza Pahlevi.
La detención de Sadam, un símbolo de las nuevas alianzas
MANUEL MARTORELL (análisis publicado en El Mundo el 15 de diciembre de 2003)
No es la primera vez que las fuerzas kurdas demuestran ser buenas conocedoras del terreno sobre el que llevan combatiendo desde hace décadas, exactamente desde 1919, cuando se levantó por primera vez en armas el cheik Mahmud Berzenji. Concretamente, hay que recordar que en la captura de Sadam Husein han intervenido “peshmergas” de la Unión Patriótica del Kurdistán (UPK), es decir, las mismas fuerzas que ya detuvieron al vicepresidente Ramadán en la ciudad de Mosul.
Hoy se sabe, igualmente, que fueron informadores kurdos quienes facilitaron la localización del edificio bombardeado a comienzos de la guerra solo unos minutos después de que Sadam Husein abandonara el local. Kurdos eran también los “traidores” que el Gobierno iraquí apresó en Kirkuk en posesión con teléfonos celulares con los que facilitaban información a las fuerzas de la coalición internacional, y kurdos, también de la UPK, fueron los primeros en detener “hombres-bomba” vinculados a Al Qaeda dentro de territorio iraquí.Pero no son estas las únicas ventajas de haber establecido una alianza con unas fuerzas, hasta ahora olvidadas por las potencias occidentales, estrechamente implicadas con la realidad de su país. Son conocidos, por ejemplo, los buenos oficios de Jalal Talabani –líder de la UPK- para que las principales organizaciones chiíes –como el Consejo Supremo de la Revolución Islámica- o el Partido Comunista no se resolvieran contra los norteamericanos y, por el contrario, se integraran en el actual proceso para democratizar Irak.
Este protagonismo no es casual. Los kurdos, como los tayikos en Afganistán, los reformistas iraníes “desengañados” de Jatami, los grupos chiíes en general y otras minorías, están jugando un relevante papel en la nueva correlación de alianzas que se está forjando en todo Oriente Medio. Estas “minorías” representan exactamente los valores contrarios de los regímenes apoyados, en una u otra medida, históricamente por las potencias occidentales y especialmente por Estados Unidos: los “muyahidines” y talibanes en Afganistán, los integristas wahabíes de Arabia Saudí, los baasistas en Irak e incluso el kemalismo en Turquía.Frente a la vocación hegemonizadora, unitarista y encorsetada de estos modelos políticos, las fuerzas emergentes suponen una visión más respetuosa con la pluralidad cultural, étnica y religiosa en estas sociedades mayoritariamente musulmanas; frente a esos sistemas profundamente autoritarios, los nuevos protagonistas, y los kurdos son el más claro ejemplo de ellos, ofrecen formas políticas más democráticas y respetuosas con los derechos humanos.
No cabe duda de que, desde un punto de vista estratégico, la consolidación de los valores en alza puede hacer más factible el acoplamiento de estos países en la comunidad internacional. El hecho de que los avances democráticos conseguidos en la zona controlada por los partidos kurdos desde la Guerra del Golfo de 1991 sirva de referencia para el futuro modelo político de Irak no hace más que confirmar esta hipótesis.Es, en este sentido, especialmente simbólico que Turquía, la más antigua y fiel aliada de EEUU en la región, no deje de “perder enteros”, desde una perspectiva estratégica, a costa, paradójicamente, de sus peores enemigos: los kurdos, y que las imágenes de la detención de Sadam guarden mucho parecido con las del apresamiento del líder kurdo Abdulá Ocalan, aunque ahora con los papeles de villanos y héroes invertidos.
Esta operación y la catarsis que va a producir en plena crisis iraquí no es más que el resultado, trascendental en este caso, del sino de los nuevos tiempos, el símbolo del cambio de alianzas en esta parte del mundo.
MANUEL MARTORELL (analisis, 1 de diciembre de 2003)
Los nuevos atentados de Istanbul han hecho girar las miradas de todo el mundo de nuevo hacia Turquía. Se observa con preocupación cómo las acciones del islamismo radical no se quedan a las puertas de Europa –como ocurrió en Marruecos- sino que atraviesan los estrechos para actuar en el propio continente. Como sucede en Irak, la violencia de estas acciones termina distorsionando la imagen de un país que tiene poco que ven con el integrismo islámico; pero no toda la responsabilidad de esta deformación la tienen los grupos que, tras una progresiva radicalización, han caído en la red de Al Qaeda.
El más claro ejemplo de ello es el propio Gobierno de Turquía. Da la impresión de que, al estar en el Gobierno como resultado de unas elecciones, representa a la mayor parte de la sociedad, pero no es así porque el partido de Tayip Erdogán, pese a tener el 70 por ciento de los parlamentarios, solo tiene algo más del 30 por ciento del voto popular; además muchos de sus votantes eligieron las papeletas islamistas para dar un voto de castigo a una clase política incapaz de resolver los graves problemas históricos y estructurales del país.
Peor aún; es más que conocido que, en el caso de Turquía, el ascenso rampante del islamismo fue incentivado desde la cúpula del Estado como una táctica más para frenar a las organizaciones izquierdistas y al nacionalismo kurdo. El actual panorama político es su natural consecuencia, ya que se diseñó un sistema electoral que termina primando en muchas circunscripciones el voto integrista a costa del voto progresista de las organizaciones kurdas que, pese a ser mayoritarias, no sirve de nada ante la exigencia de superar una barrera del 10 por ciento a nivel nacional para obtener representación parlamentaria.
Esto es lo que crea la falsa imagen sobre Turquía: pensamos que es un país de islamistas cuando, de ser algo, sería lo contrario. La sociedad turca no solamente tiene cerca de 15 millones de kurdos, para la mayor parte de los cuales su nacionalismo está por encima de la religión, sino que existe otra decena de millones de alevis –chiíes progresistas-, enemigos declarados del integrismo suní, un altísimo porcentaje de población –sobre todo joven- totalmente secularizada y europeizante, y significativas minorías cristianas, árabes y caucasianas.
Resolver esta contradicción entre la realidad del país y un sistema electoral que lleva al Gobierno a un partido islamista que no es mayoritario es una de las más prioritarias tareas a resolver en Turquía, pero no es la única. El problema de los derechos nacionales del pueblo kurdo –que demográficamente puede ser mayoritario en el año 2050-, el respeto a los derechos humanos, la modernización y regeneración de la policía, la libertad sin trabas para formar partidos políticos, la corrupción que carcome las entrañas del Estado, la burocratización de la economía, la supeditación de las fuerzas armadas al poder civil y el fin de la ocupación de Chipre son algunas de estas otras tareas que deben figurar en la agenda de quien desee colocar a Turquía en el puesto internacional que se merece.
El problema de Turquía es que todavía no ha surgido la figura que, al estilo de “Ataturk” –padre de los turcos-, “coja el toro por los cuernos” y reinstaure una república que, abandonando el actual modelo unitario, adecue su sistema político a la realidad social y cultural, adaptándolo a la necesaria integración en Europa. Mientras, a la espera de que surja este “Atakurd”, la crisis y la inestabilidad seguirán creando el caldo de cultivo para el asentamiento de tendencias que, como el integrismo radical, terminan cosechando la frustración anidada en los sectores más descontentos del país.
El principal partido kurdo de Turquía, el Kadek –sucesor del grupo armado PKK- ha decidido disolverse tras 25 años de lucha contra el Gobierno de Ankara para adaptarse a las nuevas circunstancias políticas de Oriente Medio. La decisión del antiguo PKK (Partido de los Trabajadores del Kurdistán), que durante las dos últimas décadas ha sido el principal problema político y militar de Turquía, se tomó durante una asamblea celebrada por el Congreso para la Libertad y la Democracia del Kurdistán (Kadek) entre los días 8 y 9 de noviembre en una zona montañosa del norte de Irak.
De acuerdo con la dirección del autodisuelto Kadek, la medida está directamente relacionada con las expectativas que para el pueblo kurdo se ha abierto tras la caída de Sadan Husein, la posible creación de un Estado federal y, sobre todo, el nuevo papel que los grupos kurdos están jugando en el replanteamiento político de todo Oriente Medio.
En este sentido, se considera que esta nueva situación obligará a Turquía a cambiar su política hacia los casi 15 millones de kurdos que viven en este país, permitiendo crear instituciones autónomas, la libertad de partidos y el uso de su idioma en los medios de comunicación, tal y como exige la Unión Europea; un escenario que, obviamente, hace innecesaria la presencia de la organización estructurada militarmente para la guerra de guerrillas.
En un comunicado difundido tras la celebración del congreso, sus dirigentes explican que el Kadek seguía siendo identificado con “el modelo de partido leninista”, los esquemas dogmáticos tradicionales en Oriente Medio y, lo que es peor, con la violenta forma de actuar del PKK, que llevó a este grupo a figurar en las listas de organizaciones terroristas elaboradas por la Unión Europea y Estados Unidos.
En palabras de Faruk Doru, uno de los máximos representantes en Europa del Kadek, se trata de comenzar una nueva etapa, “una dinámica más democrática y participativa que deja atrás los comportamientos clásicos del leninismo”. Faruk Doru también desmintió unos supuestos combates entre fuerzas del Kadek y “peshmergas” kurdos iraquíes, que hipotéticamente habrín recibido apoyo de tropas norteamericanas. Estas informaciones, que fueron difundidas por el ministro de Exteriores turco, Abdulá Gul, también fueron rechazadas por los mandos estadounidenses.
Para este representante del extinto Kadek, se trata de un nuevo intento desestabilizador “para crear conflictos que no existen entre los kurdos”. De hecho, Osmán Ocalán –hermano del fundador del PKK y también dirigente del partido- reconoció recientemente que mantienen contactos regulares y positivos con los mandos militares de Estados Unidos en Irak, quienes les han asegurado que no cederán a las presiones turcas de iniciar una nueva guerra contra las fuerzas del antiguo PKK.
Esta paradójica situación contrasta con el mal momento que atraviesan las relaciones entre Ankara y Washington, sobre todo desde que el Parlamento turco prohibiera el paso por su territorio a las divisiones norteamericanas que debían abrir el frente norte al comenzar la guerra de Irak. Este distanciamiento diplomático se ha agudizado al abandonar EEUU, a instancias de los partidos kurdos iraquíes, el proyecto de desplegar tropas turcas dentro de Irak.
El nerviosismo turco por esta preferencia norteamericana hacia los grupos kurdos se ha reflejado no solo en la citadas afirmaciones de Abdulá Gul sobre supuestos enfrentamientos interkurdos sino en la difusión de noticias que acusan al PKK de mantener vínculos con Al Qaeda y otras que responsabilizan al Gobierno kurdo de Arbil (norte de Irak) de abrir bancos con dinero judío, vender tierras a empresarios israelíes y permitir la presencia de agentes del Mosad –servicios secretos hebreos- en a las fronteras de Siria e Irán.
Kosrat Rasul, uno de los dirigentes del partido liderado por Jalal Talabani –actual presidente rotatorio de Irak- tuvo que salir al paso de estas informaciones calificándolas de “estúpidas” y de haber sido “fabricadas” con el objetivo “inconfesable de socavar la estabilidad de Irak”.
(Análisis publicado en Elconfidencial.como el 13 de noviembre por Manuel Martorell)
Comentario de MANUEL MARTORELL publicado en el diario EL MUNDO
El pasado mes de junio se abrió un debate entre los partidos de Irak sobre la propuesta de Paul Bremer de crear un “consejo consultivo de notables” que le ayudara a gobernar. Las organizaciones más influyentes se oponían a este proyecto y apostaban por un gobierno de representantes políticos.
Paul Bremer podía tragar en algunos casos pero no estaba dispuesto a aceptar que uno de ellos fuera el Partido Comunista, de marcada orientación marxista-leninista. Entonces, el dirigente kurdo Jalal Talabani, líder de la socialista Unión Patriótica del Kurdistán (UPK), dijo a los norteamericanos que si no estaba el PCI, él abandona su colaboración con las fuerzas angloamericanas y se volvía a Suleimaniya.
Hoy, en Irak no hay un “consejo consultivo de notables” sino un Gobierno de partidos, algunos de reconocida solera, influencia social y prestigio conquistados tras décadas de lucha en la más dura de las clandestinidades o combatiendo en las montañas; entre ellos se encuentra no solo el Partido Comunista sino la práctica totalidad de los partidos iraquíes, incluidos los de las minorías cristiana y turcómana. En realidad, si hubiera habido unas elecciones de por medio, este gabinete podría recibir el nombre de “gobierno de concentración nacional” y su grado de representación, aproximadamente, correspondería al 80 por ciento del país.
Este carácter nacional es lo que explica que alguien tan conservador como George Bush tenga que aceptar la presencia de recalcitrantes comunistas en “su” gobierno, que el primer presidente iraquí tras la caída de Sadam haya sido el representante –Ibrahim al Yafari- de otro grupo antiimperialista –Al Dawa al Islamiya- y que, lo que es más importante, se haya visto obligado a suspender el despliegue de las tropas turcas porque el actual Consejo de Gobierno se opone a ello. No cabe duda de que, si, como se acepta generalmente, este gabinete fuera un “gobierno títere” al servicio de Washington ninguna de estas tres circunstancias se habría producido.
¿Quiénes son los que han quedado fuera de este gobierno provisional? Fundamentalmente, los baasistas de Sadam Husein, que conservan una fuerte presencia –no toda- entre los árabes suníes, una población que, siendo minoritaria, ha controlado el poder desde la fundación de Irak a costa de los kurdos y los chiíes. De este baasismo procedían, como se sabe, la inmensa mayoría de los mandos de la Guardia Republicana, de los Fedayines y del todopoderoso Muhabarat –servicios secretos-. Estas unidades fueron las responsables del genocidio kurdo en los años 80 –180.000 muertos- y de la aniquilación de otros tantos chiíes tras las revueltas populares de 1991. En la actualidad son estos “escuadrones de la muerte” los que llevan el peso de lo que erróneamente se denomina “resistencia iraquí”, como si representara a todo Irak, cuando, teniendo en cuenta lo anterior, en el mejor de los casos, su representación se reduciría al 20 por ciento del total.
Para que realmente fuera digna de tal nombre, sería necesario que tanto los partidos kurdos como las influyentes organizaciones chiíes –Hawza, Consejo Supremo y Al Dawa- se unieran a la misma y eso, por los compromisos existentes –algunos escritos y rubricados-, no parece que vaya a ocurrir. Esta es la razón por la que “la resistencia” no termina de romper en sus actuaciones los límites del denominado “triángulo suní”, salvo esporádicas acciones en otras ciudades del país.
BAGDAD (3 de septiembre de 2003).- La composición del primer Gobierno en Irak tras la caída del régimen de Sadam Husein no he hecho más que constatar el peso que los partidos kurdos están teniendo en la reconstrucción política y económica del país. La presentación del Gobierno Provisional, compuesto por 25 ministros, se realizó en una solemne ceremonia celebrada el 3 de septiembre, a la que asistieron los principales dirigentes del país, incluidos los integrantes del Consejo de Gobierno y el administrador norteamericano, Paul Bremer.
De los 25 ministros que componen el nuevo Gabinete, cinco han quedado en manos de los kurdos y, entre ellos, algunos de los más vitales. Así, por ejemplo, Hoshyar Zibari, histórico dirigente del Partido Democrático del Kurdistán (PDK) y estrecho colaborador de Masud Barzani, asume la cartera de Asuntos Exteriores; por su parte, Mohamed Tawfir Rahim, de la Unión Patriótica del Kurdistán (UPK), se encarga del Ministerio de Industria y su compañero de partido Latif Rashid de los vitales Recursos Acuíferos, mientras que una mujer del PDK, Nasrin Mustafa Sidiq Berwari, dirigirá la cartera de Obras Públicas. Finalmente, el islamista moderado Abdulrahman Sidiq Karim -vinculado a la corriente de los Hermanos Musulmanes- recibió la responsabilidad de Medio Ambiente.
Especial significación tiene el nombramiento de Zibari, ya que representará a todo Irak en los foros internacionales, algo que una organización kurda no ha conseguido jamás. La primera intervención importante fuera de las fronteras fue, precísamente, asistir a la reunión de la Liga Arabe, donde se trató el actual proceso de transición política tras la caída de Sadam Husein. La presencia de Zibari en un organismo claramente hostil a las reivindicaciones y derechos kurdos es todo un símbolo de la nueva situación creada en Irak.
No menos importancia tiene que dirigentes de la UPK se encarguen de la reconstrucción de la industria y de reorganizar los suministros de agua para todo el país o que otro alto cargo del partido de Jalal Talabani dirija la comisión jurídica que está elaborando la nueva constitución de Irak..
Rectificar es de sabios y eso es lo que ha tenido que hacer Paul Bremer, el administrador de Estados Unidos en Irak. Bremer llegó a Bagdad con la idea de desconvocar el Congreso Nacional reclamado por los partidos iraquíes y sustituirlo por un "consejo de notables" que solamente funcionaría como órgano consultivo de un Gobierno que realmente estaría en manos de las fuerzas de ocupación.
Gracias a la presión de los principales partidos iraquíes y los buenos oficios de los dirigentes kurdos Jalal Talabani y Masud Barzani, que han restablecido los puentes rotos con los influyentes partidos chiíes, el nuevo organismo que se encargará de dirigir la transición a la democracia en Irak se parece más a un "Gobierno de Concentración Nacional" reclamado por las fuerzas iraquíes que al "consejo de notables" que pretendía Bremer.
Difícilmente se puede formar un organismo con mayor representatividad en la actual situación de Irak; de hecho, los baasistas, con los que nadie quiere colaborar, son los únicos ausentes de este Consejo de Gobierno.
La práctica totalidad de los partidos de la oposición al anterior régimen están dentro del Consejo de Gobierno, desde el Partido Comunista hasta el grupo radical chií Al Dawa, pasando por los partidos kurdos, el Consejo Supremo de la Revolución islámica -también chií-, destacadas figuras como Adnan Pachachi, ex dirigentes baasistas como Iyad Alawi y el grupo de exiliados que siguen a Ahmad Chalabi. Un verdadero "encaje de bolillos" que ahora tiene la dura prueba de mantenerse unido hasta que se celebren las primeras elecciones democráticas en cuatro décadas.
Ninguna de esas organizaciones, ni siquiera grupos poco sospechosos de colaborar con el imperialismo, como el Partido Comunista o Al Dawa, piden la salida inmediata de las fuerzas norteamericanas. Al contrario, los grupos chiíes están colaborando con la administración militar en la gestión de ciudades como Kerbala, Najaf o Basora. La posición generalmente admitida es que el Ejército de EEUU debe irse cuando se den las condiciones de seguridad adecuadas, es decir cuando ya estén funcionando un nuevo ejército y una nueva policía iraquí, cuyos embriones ya están comenzando a aparecer en las calles de Bagdad.
Se puede afirmar que este Consejo de Gobierno tiene asegurado el control de más de 80 por ciento del país -el norte de los kurdos, incluida Mosul y Kirkuk y el sur de los chiíes- y la mayor parte de la capital -especialmente los populosos barrios chiíes-, es decir las zonas donde no se están produciendo ataques a las tropas norteamericanas.
En Irak, nadie discute que quienes están detrás de lo que en Europa se denomina "resistencia iraquí" no son más que los escuadrones de la muerte, los torturadores, los ejecutores de cientos de miles de personas y los mandos de los servicios de inteligencia y las unidades especiales que estaban al servicio del Baas; en definitiva, los responsables directos del genocidio kurdo y de la aniquilación física en masa de cientos de miles de iraquíes; un "curriculum" demasiado sanguinario como para otorgarles el título de depositarios de la resistencia de todo el pueblo de Irak: una verdadera broma macabra.
Por esta razón, como ocurrió durante la ocupación del país, parece extremadamente difícil que realmente estas acciones de guerrilla urbana obtengan más apoyo popular del que ya tenía el régimen genocida de Sadam Husein. Quien movido más por los sentimientos antinorteamericanos que por la realidad de Irak identifique la mal llamada "resistencia iraquí" con el pueblo iraquí estará cometiendo un error semejante al que, de forma generalizada, se cometió durante la guerra al pensar, sin ningún tipo de lógica, que las víctimas de una dictadura sanguinaria iban a salir en defensa de sus verdugos.
LECCIONES DE UNA GUERRA
Solidaridad con el pueblo iraquí
Uno de los hechos que más ha sorprendido al impresionante movimiento popular contra la guerra ha sido la incapacidad del Gobierno iraquí para hacer frente a la invasión angloamericana y, sobre todo, su total aislamiento de la población. Pese a esta evidencia, la inmensa mayoría de las organizaciones y personalidades que impulsaron este movimiento contra la guerra esperaron, hasta el último instante, que el pueblo iraquí saliera en defensa de su Gobierno, de su país... se pensaba, como se decía, que Irak sería el “nuevo Vietnam” y Bagdad el “Estalingrado” de Oriente Medio.
Nada de eso sucedió porque nadie salió a defender al régimen,
ni siquiera su propio ejército; todo lo contrario, hasta los sectores
más antinorteamericanos –los grupos chiíes Al Dawa y
el Consejo Supremo- colaboraron con los invasores; una sencilla razón
explicaba estos hechos poco comprendidos en Occidente: Sadam Husein y el
Baas, por este orden, eran las cosas que más odiaba el pueblo iraquí.